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  • Los rollitos de primavera

    Los rollitos de primavera Los rollitos de primavera, a los que también se les llama arrollados de primavera o se conocen por distintos nombres según el país, quizá sean uno de los platos más populares de la cocina china fuera de China. Lo que mucha gente no sabe es que están vinculados a una celebración tradicional: el Año Nuevo chino, que se conoce precisamente como Fiesta de la Primavera, aunque se celebra a finales de enero o en febrero (según el calendario lunar). Se considera que el origen de este plato se remonta a la antigua China y suele situarse en torno a épocas como la dinastía Tang (618–907). En aquellos tiempos se consumían durante la Fiesta de la Primavera, coincidiendo con el inicio del ciclo agrícola, como símbolo de buenos augurios y futuras cosechas. De ahí que el nombre “rollito de primavera” haya quedado asociado a esa festividad. Otro dato curioso tiene que ver con la forma: el rollito, alargado, se interpreta a menudo como un guiño simbólico (y muy repetido en la cultura popular gastronómica) a elementos tradicionales de la época, como el gusano de seda. Un “secreto” de este plato es que existen varios tipos de rollitos y conviene no confundirlos. En Occidente llamamos rollito de primavera a preparaciones que, según la receta y el país, pueden parecerse más a versiones vietnamitas o tailandesas. En cambio, en otros contextos se diferencia entre el rollito de primavera con oblea de trigo (muy común en China) y otras variantes como los egg rolls (más típicos en adaptaciones occidentales, con una envoltura más gruesa y diferente textura). En resumen: se parecen, pero no son exactamente lo mismo, y aun así aquí los metemos a todos en el mismo saco y los seguimos llamando “rollitos de primavera”. El relleno suele ser una mezcla salteada y picada de verduras: zanahoria, cebolla, col china (este ingrediente es fundamental), setas y brotes de soja. En muchas versiones también se añaden fideos de cristal (fideos de soja) y, según la receta, carne picada. Para darles el punto salado característico, se suele terminar con unas gotas de salsa de soja. Además de los fritos, existen versiones no fritas. Suelen prepararse con envolturas más finas o semitransparentes y se cocinan al vapor o escaldadas, dejando ver el interior verdoso. Sea frito o al vapor, el rollito se disfruta caliente y normalmente acompañado de salsa de soja o salsa agridulce. Y sí, también hay versiones dulces: algunas se rellenan con pasta de judía roja, un clásico de muchos postres asiáticos.

  • Conservar fruta en almíbar

    Conservar fruta en almíbar La fruta en almíbar es una forma fácil y estupenda de disfrutar de la fruta durante todo el año, incluso fuera de temporada. Para prepararla bien solo necesitamos una buena fruta, azúcar y agua, aunque también podemos aromatizar el almíbar con otros ingredientes como vainilla, limón, anís o canela. Como medida básica orientativa, por cada 1 kg de fruta y 500 ml de agua se añaden 250 g de azúcar. A partir de ahí, podemos ajustar el azúcar según el dulzor de la fruta, el resultado que busquemos y el tiempo de conservación. Cómo preparar la fruta en almíbar Limpiamos la fruta, la pelamos, le quitamos el hueso o las pepitas si procede y la troceamos al tamaño que nos guste. Es importante que los trozos sean lo más parecidos posible para que se cocinen de forma uniforme. Ponemos la fruta en una olla con el agua y el azúcar, y añadimos los aromatizadores si queremos. Cocinamos hasta que la fruta esté tierna pero entera; el tiempo dependerá del tipo de fruta y del tamaño de los trozos. Podemos usar prácticamente cualquier fruta. Añadir un poco de zumo de limón ayuda a reducir la oxidación y puede aportar mejor textura al almíbar. Conviene elegir fruta sana, sin golpes y no excesivamente madura para que mantenga mejor la forma. Cuando la fruta esté lista, la introducimos junto con el almíbar en tarros herméticos y procedemos a envasar. Vamos al lío con el envasado al vacío Los tarros: deben ser de cristal y estar muy limpios. Si los reutilizamos, quitamos todas las etiquetas. No deben tener golpes ni fisuras. Las tapas tienen que cerrar bien y estar en buen estado, sin abolladuras ni deformaciones, y sin restos ni olores de usos anteriores. Además de limpios, deben estar esterilizados. Esterilización: llenamos una olla con agua y colocamos un paño en el fondo para evitar golpes durante la ebullición. Metemos los tarros y las tapas, llevamos a ebullición y contamos 10 minutos desde que el agua hierva. Sacamos con cuidado (pinzas o manoplas) y dejamos secar al aire. No se recomienda secarlos con paños de cocina. Rellenado: llenamos los tarros con la fruta y el almíbar calientes. Evitamos manchar el borde; si se mancha, lo limpiamos bien para asegurar un cierre perfecto. No llenamos hasta arriba: dejamos aproximadamente 1 cm de margen. Conviene hacerlo justo al terminar la conserva para aprovechar el calor. Hacer el vacío: hay dos métodos, según cuánto tiempo queramos conservar y cómo. Corta conservación: rellenamos en caliente, cerramos y dejamos enfriar. Este método requiere conservar en nevera y es para consumo más bien rápido. Como referencia, conviene no alargarlo demasiado y revisar siempre olor, aspecto y cierre. Larga conservación (pasteurización al baño maría): es el método más fiable para guardar en despensa. Colocamos un paño en el fondo de una olla grande, ponemos los tarros cerrados de pie y los cubrimos con agua. Calentamos hasta que hierva y mantenemos una ebullición suave durante el tiempo adecuado (orientativamente, 20–30 minutos, ajustando según tamaño de tarro y tipo de fruta). Apagamos, dejamos templar unos minutos dentro del agua, sacamos con cuidado y dejamos enfriar. Cuando estén fríos, comprobamos que la tapa ha quedado bien sellada (normalmente se nota porque queda ligeramente hundida). Y recuerda Guarda los tarros en un lugar fresco, seco y oscuro. Etiquétalos con la fecha de elaboración para llevar control. La fruta en almíbar casera suele conservarse bien alrededor de un año si el cierre y el procesado han sido correctos. Cuando vayas a abrir un tarro, debe notarse que estaba al vacío. Si no hay señal clara de cierre, si se abre demasiado fácil, si huele raro o si aparece moho, se descarta. Consejo Si quieres preparar mermelada con esta fruta en almíbar, solo tienes que triturarla y reducirla al gusto; te quedará una mermelada rápida y muy rica.

  • Conservas de mermelada

    Conservas de mermelada Qué ricas quedan las mermeladas en la olla de cocción lenta. Y ahora que se acerca la primavera (preciosa… aunque los alérgicos como yo la suframos un poquito), también llegan cosas buenas: frutas y verduras de nuestras huertas en su mejor momento, como las fresas y fresones de Huelva. Durante el invierno podemos ir guardando tarros bonitos para nuestras conservas y, cuando llega la temporada, aprovechar para prepararlas. Pero siempre aparecen dudas: si se van a conservar bien, si hemos hecho el vacío correctamente, si la hemos liado… A mí me pasaba, así que consulté a una experta: mi abuela Hilda. Cuando yo era pequeña, en primavera y verano estaba siempre con el lío del tarro: melocotones, mermeladas, tomate… ¡Y hasta frejoles! Así que nadie mejor que ella para una master class de conservación. Una de las claves de la mermelada es el azúcar, porque ayuda a conservar. En general, cuanto más azúcar lleva, más tiempo aguanta en buen estado. Si no queremos pasarnos de azúcar, no pasa nada: simplemente conviene consumirla antes y ser más cuidadosos con la conservación. Sobre la proporción, la regla más conocida es usar el mismo peso de fruta que de azúcar. En olla lenta, mucha gente baja a la mitad o a entre la mitad y tres cuartos. Ejemplo: Si tenemos 1 kg de fresas, en vez de 1 kg de azúcar podemos usar entre 500 g y 750 g. Ojo con esto: el peso hay que hacerlo con la fruta ya limpia, sin hojas, rabitos, pepitas duras o partes que no vayan a la mermelada. Vamos al lío con el envasado al vacío. Los tarros tienen que ser de cristal y estar muy limpios. Si vamos a reutilizarlos, quitamos todas las etiquetas. No pueden tener golpes ni fisuras, y las tapas deben cerrar bien. Si la tapa está deformada, con óxido o con marcas raras de usos anteriores, mejor no usarla. Esterilización: Llenamos una olla con agua y ponemos un paño en el fondo para evitar que los tarros golpeen al hervir. Colocamos dentro los tarros y las tapas, llevamos el agua a ebullición y, cuando hierva, los dejamos unos 10 minutos. Los sacamos con cuidado (pinzas o manoplas) y los dejamos secar al aire. No conviene secarlos con paños de cocina. Rellenado: Usamos un embudo de boca ancha para no manchar. Rellenamos el tarro con la mermelada recién hecha, muy caliente, y no lo llenamos hasta arriba: dejamos aproximadamente un centímetro libre. Si se mancha el borde o la rosca, lo limpiamos bien para que cierre perfecto. Esto hay que hacerlo nada más terminar la mermelada, para aprovechar el calor. Cómo hacer el vacío (dos formas, según para qué la queramos): Conservación corta: Rellenamos en caliente, cerramos y guardamos en la nevera cuando esté fría. Es práctica, pero no está pensada para tenerla meses y meses en despensa. Lo ideal es consumirla relativamente pronto. Conservación larga (pasteurización al baño maría): Este es el método más fiable para tener tarros en despensa. Ponemos un paño en el fondo de una olla grande, colocamos los tarros ya llenos y cerrados, los cubrimos con agua y calentamos hasta que hierva. A partir de la ebullición, mantenemos el hervor el tiempo necesario (en casa suele moverse entre 30 y 50 minutos, especialmente si hemos reducido bastante el azúcar). Apagamos, dejamos templar dentro del agua y luego sacamos los tarros con cuidado. Los dejamos enfriar, y cuando estén fríos comprobamos que la tapa ha quedado bien sellada (normalmente se nota porque queda ligeramente hundida). Y recuerda: al abrir un tarro, tiene que notarse que estaba bien cerrado. Si al abrir no hay señal de vacío, si huele raro, si se abre demasiado fácil o si vemos moho o cualquier “vida interior”, se descarta. Extra útil: Las verduras o frutas suelen soltar jugo en algunas preparaciones; si te queda caldo o jugo limpio, se puede colar y congelar para dar sabor a otras recetas.

  • La cocina lenta y nuestra dieta

    La cocina lenta y nuestra dieta Cocinar con una olla de cocción lenta o slow cooking es una alternativa mucho más saludable que recurrir a una cocina rápida, en la que muchas veces sobrecargamos de alimentos ultraprocesados. Al cocinar de manera tradicional, controlamos los alimentos a la perfección. Otra de las ventajas es que, como estamos cocinando bien, reducimos enormemente el consumo de sal, de grasas, de aditivos como pastillas de caldo que vamos echando para que tenga más sabor, ya que la comida se cocina en su propio jugo y potencia el sabor de esta, ¡No abusamos ni del aceite con esta cocina! Otra ventaja la encontramos en que, al ir cogiendo la temperatura de manera gradual y lentamente, los nutrientes de dichos alimentos no sufren alteraciones; esto hace que aprovechemos al máximo las vitaminas, ácidos grasos y aminoácidos esenciales. Y como no, esta forma de cocinar se suma a la tendencia RealFooding tan de moda últimamente, que además de otras muchas cosas se apoya en la cocina con consciencia de toda la vida, donde se consumían los productos frescos de cada temporada, cocinándolos de manera respetuosa para el medio ambiente y para nuestra economía, ya que los productos en su temporada son más baratos que fuera de ella y nos aportan todo lo mejor de ellos, evitando las conservas, como decimos, o productos que no son de proximidad y pueden alterarse su forma en las largas travesías en neveras frigoríficas. Poco a poco en este blog iremos elaborando diferentes recetas de todo tipo, y veremos cómo las cantidades de sal, aceite, grasas, etc., son irrisorias y no usaremos botes de... latas de..., pero sí usaremos botes para conservar al vacío nuestras elaboraciones.

  • Tipos de sales y sus usos

    Tipos de sales y sus usos Para empezar bien este post y darle sabor, hay que empezar diciendo que la sal es la única roca comestible para las personas. En nuestro vocabulario existen muchas palabras con sal y muchas expresiones; todos decimos "qué salao es este chico", "ufff, eres un pan sin sal"... pero si nos fijamos en la comida: salchichas, salazón, salmuera, ensalada... y miles más que se os ocurran. Lo primero que sabemos es que la sal potencia los aromas y sabores, y corrige los sabores ácidos y dulces, de ahí que muchos postres y dulces también lleven sal, como el famoso pellizco de las abuelas en esas masas de rosquillas, frixuelos o galletas, jeje. La sal común se conoce como cloruro de sodio (NaCl), ya que lleva un 60% de lo primero y un 40% de lo segundo. Se consigue de diferentes formas, aunque la más habitual es por evaporación del agua, ya sea marina o de manantial. Otra fórmula de extracción es mediante la pulverización de roca halita, mineral sedimentario que recogen los mineros y da lugar a la sal de mesa. Incluso se puede lograr a partir de plantas, como las gramíneas, que al hervir proporcionan la llamada sal vegetal, pero este sistema es menos común. Se llama paludier a la persona que es un gran conocedor de la sal, como un sommelier del vino. Según su forma de extracción, lugar de procedencia, su espesor o su sabor, existen muchísimas sales diferentes. Por ello, vamos a ver qué clases de los más conocidos y sus usos a continuación: Sal común, refinada o de mesa Se obtiene de minas y yacimientos de sal y se refina para eliminar impurezas y aumentar su solubilidad. “Me aprovecho para avisar de que ‘refinar’, en el caso de la sal, no implica cambiar las características esenciales. En este proceso se atenúa el sabor, se suaviza la textura y se blanquean los granos para facilitar su venta. En la mayoría de las casas es la sal la que se usa para todo, desde nuestros guisos a nuestras frituras, en crudo o en salmueras. La sal en escamas Muchos la llaman “sal Maldon”, porque, al igual que muchos llamamos “Colacao” al cacao soluble, no es más que una marca comercial que ha conseguido que su nombre sea más conocido que el nombre de la sal, jeje. Tiene un sabor más fuerte y es muy apreciada por su pureza. Se recomienda para carnes y pescados a la brasa; se debe echar una vez que el alimento ya esté cocinado, y un gran truco es romperla un poco con los dedos siempre a posteriori, cuando el alimento ya esté cocinado. Se usan también sales gruesas para enterrar los alimentos frescos y llevar a cabo otro proceso de conservación: el salazón. Flour de sal Cuando las balsas de agua salada se encuentran a altas temperaturas, normalmente durante la primavera y el verano, se crea una capa en la superficie de la que se obtiene la llamada flor de sal; en caso de no recogerla, se sumerge y se forma la sal en escamas. Es considerado un producto gourmet, ya que se hace poca, Se emplea en comidas crudas, ya sea como acompañamiento de un foie o de una mermelada, sobre una tostada y una galleta, o al aliñar una ensalada. Hace un tiempo que ha empezado a aparecer con fuerza en los lácteos de chocolate; seguro que la habéis visto en el súper en tabletas de chocolate. Sal del Himalaya Esa sal rosa que vemos tanto y que todo el mundo habla, pero para empezar del Himalaya poco porque viene de Paquistán de la mina Khewra, y no tiene esas propiedades para aligerar digestiones y mejorar la presión arterial que se dice. Se parece a la sal gruesa pero con un poco más de sodio, por lo que se emplea para carnes y verduras a la parrilla, como toque final. Sal negra o sal volcánica. Hay dos tipos de sal negra. La sal negra que se tiñe con carbón vegetal, algo que no afecta a sus propiedades, pero tampoco repercute en el sabor. Y las sales de las montañas donde hay rocas volcánicas, en contacto con el sulfuro, que al llegar al paladar nos recuerdan al huevo duro. No es más que un recurso visual, para darle un toque distinto, pero lo que decimos no es de sabor, sino de ojo. Sal ahumada. Se parece, pero no es igual, a la sal negra. Se consigue aplicándole humo. En las cocinas vegetarianas se suele usar porque su sabor recuerda a los ahumados de barbacoa, o para pescados para darle ese toque en el marinado si no los ahumamos. También es común encontrarlo en el norte de Europa, donde se emplea para marinar los pescados en vez de ahumarse. Ventas con hierbas, especias e ingredientes. Hoy en día es bastante habitual encontrar sales aromatizadas con hierbas como el orégano o el laurel. Son esas sales a las que se les añade un producto para darles sabor. De la misma forma, podríamos añadirle sal de orégano a un pescado, sal de apio a un zumo de tomate o bloody mary o echarle sal ahumada a la carne. Otra idea interesante es hacer tus propias sales personalizadas en casa. Tanto si usas hierbas aromáticas clásicas como el tomillo, el eneldo o tu favorita, como si te atreves con especias, guindillas más o menos picantes, pieles de cítricos… Cómo usar la sal: Usar sal del tamaño adecuado para cada preparación o técnica es importante. La sal fina es perfecta para vinagretas, salmueras, estofados y para sazonar líquidos de cocción, ya que se diluye rápidamente; la gruesa será perfecta cuando buscamos un punto concreto de sabor más potente, además de textura. Por ejemplo, en patatas asadas. La sal más gruesa de todas sirve para cocinar sobre ella; ejemplo claro: una lubina a la sal. Un poco de historia: Ya en el siglo XXVII a. C., los chinos fueron precursores del uso culinario de la sal, mientras que en Europa serían los romanos quienes trazarían rutas específicas para su distribución. A los soldados y funcionarios les pagaban con sal, y de ahí que nosotros tengamos el salario, jeje. Los judíos y los musulmanes creen que la sal les protege del ojo del diablo, pero esto también ha alcanzado al cristianismo. En Escocia, se emplean sales en los rituales funerarios y, en Japón, se rocían los escenarios de teatro antes de la función.

  • Cómo evitar intoxicaciones alimentarias en verano (y todo el año)

    Cómo evitar intoxicaciones alimentarias en verano (y todo el año) La seguridad e higiene en la manipulación de los alimentos, así como el adecuado tratamiento y conservación de los mismos, son aspectos que siempre deben tenerse en cuenta independientemente de la época del año. Y mucho más en época estival, ya que el aumento de las temperaturas, que favorecen el desarrollo de microorganismos, y ciertos cambios de hábitos, como comer más veces fuera de casa, hacen que olvidemos muchos de los alimentos que tenemos comprados y que aumente el tiempo de almacenamiento de los que tenemos preparados, además de que aumenta el consumo de alimentos crudos, poco cocinados o alimentos cocinados que se consumen templados o fríos. Si bien en la mayoría de los casos las intoxicaciones alimentarias son leves y desaparecen sin tratamiento, hay otros casos que pueden cursar con especial gravedad. ¿Y qué podemos hacer? Tomar alimentos tratados, es decir, aquellos que han sido sometidos a un tratamiento higienizante adecuado, como por ejemplo la pasteurización. Puede tratarse de leche sin tratar, conservas que no han sido sometidas a los procesos adecuados de esterilización e incluso agua sin tratar. Las mayonesas envasadas y otros preparados comerciales a base de huevo, son también ejemplos de alimentos tratados más seguros que su alternativa casera a base de huevo crudo, que es especialmente crítica en verano. Hacer los alimentos comestibles convenientes para que se puedan consumir. Para ello, es importante que las temperaturas de cocinado alcancen al menos 70 °C en el centro del alimento durante un mínimo de dos minutos. El maldito anisakis. En el caso del pescado, si se va a consumir crudo o poco cocido, debe haber sido congelado previamente a una temperatura de -20 °C o inferior durante un mínimo de cinco días. No deje los alimentos cocinados ahí a temperatura ambiente, cuanto más tiempo estén, mayor será la población de microbios y con lo cual mayor riesgo, consúmalos inmediatamente. Mantener los platos preparados a una temperatura adecuada, en el caso de que los cocinemos para consumir después, estos deben refrigerarse cuanto antes y mantenerse fríos hasta el momento de consumirlos. Calentar bien los alimentos cocinados: Una vez cocinados los alimentos, el enfriamiento adecuado y mantenerlos en frío, retrasa la aparición de microorganismos pero no los mata, por lo que antes de consumir un alimento que ya fue cocinado y se mantuvo en frío, es necesario volverlo a calentar completamente, lo que llamamos cocción perfecta en el punto 2. Ten cuidado con la contaminación cruzada: No debemos mezclar nunca los alimentos cocinados con los crudos y no utilizar los mismos utensilios o superficies, no usemos telas o trapos de cocina y utilicemos papel de cocina de usar y tirar. Mantener siempre todo limpio, antes, durante y después, así como evitar tener basura en casa, sintiéndolo mucho, nos toca bajar más a menudo al cubo, pero es importante no dejar en la mesa mientras cocinamos o preparamos ni un trozo de piel de cebolla o espina. Durante la manipulación de los alimentos es imprescindible tener las manos siempre limpias. Estas deben lavarse adecuadamente y de forma regular tantas veces como sea necesario, especialmente tras la manipulación de alimentos crudos y siempre que se interrumpa temporalmente el proceso de cocinado o manipulación de alimentos para atender otras actividades como, por ejemplo, ir al baño o sonarse la nariz. Cocinar con agua potable, creo que no necesita explicación. No tener los alimentos a la merced de las mascotas; creo que esto es lógico y no necesitamos explicar. Tener las manos limpias, es decir, lavar cada poco y frotar, que en las uñas se acumulan muchos bichos. Si vamos de excursión, hemos de cumplir con todas estas reglas y tener aún más cuidado, así como fijarnos en bares y restaurantes que todo esté perfectamente limpio, en vitrinas refrigeradas, etc.

  • Ensalada de verduras asadas

    Ensalada de verduras asadas Ingredientes: 1 pimiento verde (pedir que tenga molla) 1 pimiento rojo 2 cebollas 3 tomates descorazonados 1 calabacín 1 berenjena 2 dientes de ajo muy picados (para el final) Elaboración: Lavamos muy bien todas las verduras para que no quede nada de tierra y las secamos un poco con papel de cocina. Descorazonamos los tomates y, si queremos, también les quitamos a los pimientos la parte de las pepitas para que luego sea más fácil pelarlos y trocearlos. Cortamos las puntas del calabacín y la berenjena y pelamos las cebollas. Hacemos unos cortes a las cebollas, les ponemos un poquito de sal (así van soltando jugo y se asan mejor) y colocamos todas las verduras en una bandeja de horno. Cubrimos la bandeja con papel de aluminio y horneamos 1 hora a 200 ºC; después destapamos y horneamos 30 minutos más a 220 ºC para que cojan color y sabor. Dejamos templar (para no quemarnos), pelamos las verduras y las troceamos al tamaño que más nos guste. Añadimos los dientes de ajo muy picados, rectificamos de sal y dejamos enfriar del todo para que se asienten los sabores. Probamos al cabo de un par de horas ya en frío y, si queremos más “golpe” de ajo, incorporamos un poco más picado (3–4 dientes en total si nos gusta potente). Para servir, echamos un buen chorro de aceite de oliva por encima y disfrutamos, aprovechando también el caldo que sueltan las verduras (lo colamos y lo congelamos para arroces, sopas o un fondo de verduras rápido).

  • Ensalada Thai en robot de cocina

    Ensalada Thai Ingredientes: 12 langostinos Lechuga 1/2 mango maduro Vinagre de sidra AOVE (aceite de oliva virgen extra) 2 cucharadas de soja 1 cucharada de miel 1 guindilla roja fresca 1 guindilla verde fresca Sésamo Elaboración: En la jarra echamos el aceite, las guindillas (depende de lo que nos guste de picante; picamos o las dejamos enteras para retirar; a mí me toca dejarlas enteras y no echar en la jarra porque solo como yo picante), con la miel, la soja y el vinagre y cocinamos durante 10 minutos a velocidad 2 a 100 ºC y potencia 4; comprobamos que esté espeso y reservamos. Lavamos la jarra y salteamos en ella los langostinos pelados con un poco de aceite, a 120 ºC, velocidad 1 con la Mambomix durante 4 minutos. Pelamos y quitamos el hueso al mango, así como lo troceamos en trozos hermosos; le agregamos un par de cucharadas de sésamo y agregamos a la jarra con los langostinos; programamos 2 minutos a velocidad 1 con la cuchara Mambomix a 120 ºC. Picamos mientras la lechuga, y presentamos esta con los trozos de mango y langostinos y aderezamos con nuestro aliño. Se puede servir tanto templada como fría.

  • Ensalada de cabra, bacon y nueces con vinagreta de miel en freidora de aire

    Ensalada de cabra, bacon y nueces con vinagreta de miel en freidora de aire Ingredientes: Lechuga 3 pimientos del piquillo 10 nueces 50 g de bacon en tiras 1/2 tomate 1 rodaja de queso de cabra Salsa de miel y mostaza (ver receta) Elaboración: Colocamos un papel de horno en la base de la freidora; no tiene que tener agujeros, que si no la liamos parda. Colocamos en el centro el queso de cabra de rulo y alrededor de este el bacon, las nueces y el pimiento del piquillo en tiras. En una batidora o robot de cocina hacemos el aliño (ver receta). Cocinamos durante 10 minutos a 200 ºC. Lavamos la lechuga y el tomate y lo cortamos, lo colocamos en nuestra ensaladera, así como ponemos el queso en el medio y el resto de ingredientes calientes, decorando por encima de toda nuestra lechuga y tomate. Aliñamos al gusto y servimos.

  • Helado de galletas Lotus en robot de cocina

    Helado de galletas Lotus en robot de cocina Ingredientes: 150 g de leche condensada 400 ml de nata para montar (fría) 60 g de crema de galleta Lotus Galletas Lotus para decorar Elaboración: Montamos la nata. Colocamos la mariposa en las cuchillas, echamos 400 ml de nata muy fría y batimos sin temperatura (0 ºC) a velocidad 3,5–4 durante 2–3 minutos, vigilando a partir del minuto 1,5 y parando en cuanto haga picos suaves para que no se corte. Reservamos la nata montada. Sacamos la nata a un bol grande y la dejamos en la nevera mientras preparamos la mezcla de Lotus. Mezclamos la leche condensada con la crema Lotus. En la jarra (ya sin mariposa) ponemos 150 g de leche condensada y 60 g de crema Lotus, y mezclamos a velocidad 3 durante 30–45 segundos hasta que quede homogéneo; si la crema está muy dura, la dejamos 5 minutos a temperatura ambiente antes. Pasamos la mezcla de leche condensada y Lotus al bol de la nata y mezclamos a mano con espátula, con movimientos envolventes, solo hasta que no queden vetas. Congelamos. Vertemos en un recipiente con tapa (mejor bajito y ancho), alisamos la superficie y congelamos 4–5 horas hasta que esté completamente firme. Limpiamos la jarra y la secamos bien, metemos galletas de Lotus y trituramos al gusto. Servimos. Lo dejamos 5–10 minutos a temperatura ambiente antes de servir para que recupere cremosidad y se pueda bolear bien. Echamos galletas en polvo por encima para decorar.

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